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Reportaje con Historia…

1 septiembre, 2010

WILLY WULLICH:

El hombre que se despedía del mar, cada verano de su niñez, y hoy, hace diez años, es el hacedor del Teatro Colón de Mar del Plata

Sentados a una mesa en la vereda de una tradicional confitería marplatense, bebiendo cada cual su brebaje, charlamos con la exquisita liviandad de conocernos desde hace años. Pero, claro, ahora había un grabador sobre la mesa y la charla debía, al menos, parecerse a un reportaje. Es, como lo marca nuestro estilo en Magazine, una historia de vida, de la vida de Willy, que comenzó a amar a la ciudad que hoy lo contiene desde siempre, casi, y que, tal vez sin decirlo pero nosotros sí, a la que le devuelve esa maravilla de programación y arte que sube al escenario del Teatro Colón (de la que damos cuenta cada semana en Magazine). Teatro que no cierra en todo el año, salvo Navidad, Año Nuevo y el Día del Trabajo, como él mismo nos lo dirá en la nota.

¿Quién es Willy Wullich?

Yo mismo no sabría cómo definirme. En principio soy impulsivo, soy bohemio, mientras no pierdo la alegría sigo con la huella que me va pareciendo. Y así he sido toda la vida.

No he tenido vocaciones definidas, aunque toda mi vida se desarrolló en el mundo del espectáculo, etcétera, como algo que estaba enamorado pero no porque lo sintiera como una carrera “seria”.

Según los padres de aquella época, vos hablabas de que querías ser actor o músico o saltimbanqui y te decían “pero ¿de qué vas a vivir?”

Era toda una historia el saber que uno era una suerte de transgresor para la época, que elegía carreras que no eran las convencionales, y me hubiera gustado subirme a un circo que pasaban por el barrio -que me fascinaban en lo particular, además-, e irme a no sé a dónde con ese circo. También paraba en el quiosco de diarios porque era amigo de la señora y vendía diarios… ¡Me encantaba vocear Crónica, La Razón…! Era muy chico y también me mezclaba con algún deporte y me gustaban los caballos, y tenía la suerte de tener un tío que pudo tener un caballo y yo saltar a caballo sin ser millonario y vincularme a un montón de familias que sí eran poderosas y podían mantener ese deporte tan especial. También jugué un poquito al rugby, también hice fotografía, también fui asistente de cine… Y ahí se empieza a perfilar una historia que tiene que ver, quizá, un poco con mi padre, que fue un crítico de cine, Víctor Wullich y que tuvo, durante muchos años, el primer lugar de “cine-debate”, en el viejo cine Biarritz, de Suipacha y Corrientes (sobre Suipacha) junto con viejos periodistas de aquella época: Bonamino… Bueno, no me acuerdo muy bien, me cae alguna ficha nomás. Y ahí repartía programas.

Te estoy hablando de una época de adolescente, realmente, y de pre-adolescente, desde los 9 años, porque siempre fui muy jeringa y muy de meterme en todo, hasta los 20… que empezó más o menos a vislumbrarse esas ganas de ser actor.

Después me di cuenta de que no era lo mío por respeto al público, que posiblemente me iba a escuchar y no podía maltratarlo de esa manera… Pero sí, que tenía que ver con el mundo del espectáculo.

¿Dónde naciste, Willy?

Nací en la Capital Federal, en el barrio de Palermo, ¡En el viejo barrio de Palermo! Hoy hablamos de Palermo y todo el mundo piensa en otro barrio… En aquel momento era “Palermo Viejo”, viejo viejo, de casonas muy viejas, donde no ocurría nada de pintoresco. Digamos, un barrio “viejo”. Tenía mi zona de Palermo, que estaba en el final del barrio, donde podía empezar cruzando la (avenida) Libertador, “Palermo Chico”, que ese sí era bacán.

Bueno, era un lugar donde había restaurantes, había una confitería a lo sumo. Después empezó a estar el ATC, qué se yo… Pero lo que quiero decir que mí barrio, que era en la esquina de la placita Las Heras, cuando Las Heras era de ida y vuelta, pasaban tranvías, donde a la vuelta de mi casa estaba la vieja Penitenciería…

Exacto…

Que tengo un maravilloso recuerdo de estar jugando con los chicos jugando y mirar las torretas donde estaban los milicos dando vueltas, y fantasear con ¿qué ocurriría dentro de esa cárcel? que ocupaba como seis/ocho manzanas… era una fortaleza ahí.

Mi casa estaba en Canning y Las Heras, más precisamente, Canning 2919, a mitad de cuadra.

¿Tenés hermanos?

Tengo siete hermanos… La mayoría se dedican también… Martin Wullich ha tenido 3 o 4 programas de cable y los sigue teniendo; es la voz de Amadeus -la radio de conciertos de Buenos Aires-, que organizan esos mega-festivales…

¡Fabulosos!

Exactamente… que reunís 100, 150, 200 mil personas… Es fantástico lo que hacen. Él es la voz de la radio y organiza muchas cosas con Santiago Chotsourian, que es el director…

Y de ahí ¿qué te puedo decir? Una mezcla de cosas, un montonazo. Aparte de los deportes, asistente de director de cine, fotógrafo, estudiante de teatro -que abandoné rápidamente-, algunos teleteatros que me llamaban porque, no sé, porque tenía pelo rubio hasta la cintura y a Nené Cascallar le fascinaba… Me ponía un smoking y me decía que era el único actor que lo lucía como si fuera una cosa común…

No es poca cosa ¿no?

Claro… y ahí “Cuatro mujeres para Adán”, “Cuatro hombres para Eva”, hacía un sobrino de Iris Láinez -pobre, que falleció hace poquito acá (Mar del Plata)- en una de las tiras, “Cuatro mujeres para Adán”.

Después hice de asistente de dirección de Ayala en un par de películas, una de ellas “Con gusto a rabia”, que protagonizaban Alfredo Alcón y la Legrand. Ahí creció una amistad muy profunda y muy hermosa con Alfredo que sigue hasta el día de hoy, que cada quince días nos llamámos por teléfono.

Y empecé a vincularme, no desde la actuación ni desde la dirección, que sabía de mis limitaciones y por suerte creo porque me parece que es necesario hacer aquellas cosas que uno las puede dominar o que está convencido de que las puede hacer relativamente bien.

Sentí que era un tipo mucho más idóneo siendo productor, asesorando, siendo representante de algunos actores, y ahí se fue desarrollando la vida hasta que me encuentro con José María Vilches, otro actor maravilloso, que iluminó mi carrera y mi vida, en todo sentido. Fueron 10 años, hasta que la tragedia nos separa en un accidente de autos, donde él fallece, donde yo iba con él, y el asistente del espectáculo también.

Produjimos el “Bululú” a las mil maravillas, “Donde madura el limonero”, un espectáculo totalmente dedicado a Antonio Machado, que fue maravilloso, y que se interrumpe por este accidente. Y después, de ahí en más… ¡qué se yo! te podría nombrar una cantidad enorme de bellísimos espectáculos, los que tuve la suerte de ser un hacedor más, entre los actores, los directores, y la gente que colaboró siempre. Gente muy idónea, muy elegida. Y ahí aparecieron “Los Mosqueteros”, con Solá, Grandinetti, y la Delgado. Ahí apareció “El último de los amantes ardientes”, la versión con Oscar Martínez, “Yepeto” con Ulises Dumond y Darío Grandinetti; “Gotán” con la Tana Rinaldi y el Negro Lavié; me estoy olvidando de algunos…

Qué vida Willy…

Y esta pasión que tengo por Mar del Plata que no imaginaba un solo fin de año o una temporada que no fuera aquí, aunque un par de veces “le metí los cuernos” con Necochea, en la época en la que se podía hacer temporadas en Necochea… Hace 20 años era una ciudad hermosa, y lo sigue siendo, pero en aquel entonces nacía pujante donde se podían hacer temporadas de todo el verano, y ahora, si podés ir un fin de semana con el espectáculo que podés vender más o menos, fenómeno, pero nadie puede ir a hacer los tres meses del verano, poner una obra así…

Cambiaron las épocas…

Sí, sí… Y también, una temporada en Carlos Paz hicimos, con “Los Mosqueteros”.

¿Y cómo llegaste a Mar del Plata, Willy?

Fue algo pasional. Todo lo mío es pasional.

¿De qué signo sos?

Acuario.

¿De qué día?

30 de enero. Pero a Mar del Plata vine de chiquito. Tengo fotos de la mano de papá y mamá, en la Rambla. Con los boludos de mis hermanos, que nos vestían igual, nos cortaban el pelo igual, todos prolijitos.

¿Todos iguales?

No. Papá y mi hermano son totalmente morochos y mamá y yo, totalmente rubios. Después vinieron todos los otros hermanos, pero son del segundo matrimonio. Mi madre decide partir por decisión propia y yo tenía 5 años, y luego apareció Raquel, mi segunda madre y mi madre hoy día, vive y tiene 80 maravillosos años, con una vitalidad muy especial… Pinta, no para de pintar, va a exponer a Barcelona, se va seis meses del año a España, y ahora creo que va a discontinuar un poco sus viajes en honor a sus 80 años, pero la vitalidad la sigue teniendo. Pintar, pinta como los dioses, y sigue, en la medida que puede, exponiendo en Buenos Aires, sin duda, pero durante quince años expuso, simultáneamente, en Barcelona y en Madrid.

Teníamos una señora que nos cuidaba. Y la señora que nos cuidaba era muy especial, Manuela, y cuando viajábamos a Mar del Plata, iba al muelle de los pescadores, le hacía parar el auto a mamá, y nos bajábamos. A mi otro hermano no le interesaba este rito. Yo la acompañaba porque la quería mucho, y ella tenía una necesidad de despedirse del mar. Y eso me pegó muy fuerte a los cuatro años, cinco años… Y lo hacía con una especie de oración, siguiendo ese rito, y de repente me dejaba mojar un poquito y me ponía en la frente, con su mano, un poquito de agua. Volvíamos al auto y nos veníamos para Buenos Aires. Pero era el último acto que hacíamos partiendo. Esto se repitió tres, cuatro años y lo tengo muy grabado. Después ya ella no vivno más a Mar del Plata. No sé si esto… (calla) Por algo lo tengo grabado. Pero tengo grabado todas otras cosas que Mar del Plata tenía y sigue teniendo. Pero en aquella época creo que cualquier chico nos dejábamos fascinar por eso y estábamos todo el tiempo durante el año, el momento en que papá iba a decir “prepárense que tal día salimos para Mar del Plata”.

Y pasabas todas tus vacaciones acá

Pasaba largas vacaciones. Eran épocas donde no menos de dos meses se pasaban en Mar del Plata. Donde nos encontrábamos amigos del colegio, nos encontrábamos con primos, con tíos y con familia grande y con amigos de nuestros padres… ¡yo qué sé!

Y amigos de verano…

¡Exacto! Sí, sí… Pero todo eso me hizo seguir viviendo en una cuestión, te insisto, que me apasionó. Siempre me dicen “Ahora Willy que estás dirigiendo en un teatro en la ciudad… tenés una responsabilidad…” no la vivo como funcionario político, no sabría vivir como funcionario político. No sé todavía que es ser bien funcionario porque no soy político. Entonces, no mezclo las cosas. No quise mezclarlas jamás en estos casi once años de dirigir este teatro en esta ciudad que quiero tanto. A la ciudad la amo.

Tal vez porque no sos político es que estás hace once años dirigiendo un teatro…

Han pasado intendentes, han pasado siete secretarios de Cultura, qué se yo… pero ¡nada! Mi mundo es ese y sé que va a aparecer la palabrita “fin” cuando venga algún intendente que quiera renovar más en profundidad su elenco. Y ahí sí me doy cuenta que es un cargo político que en cualquier momento -hoy más que nunca porque ya el teatro tiene una estatura dentro de la ciudad-. En aquella época la tenía acompañada de una suerte de decidia, de teatro cerrado durante gran parte del año, que unos ratoncitos que los visitaban y tenía ahí su lugar para dar sus vueltitas.

De repente se llenó de duendes, de pasión, de alas, de carne, de hueso, de talento, el 80 por ciento marplatense, fuimos descubriendo en todos los rubros los maravillosos bailarines, cantantes -líricos y no líricos- músicos, poetas, actores que tiene la ciudad, y hoy conformamos un teatro para orgullo, creo -por los menos mío-, de tener abierto el teatro todo el año. No creo que haya muchas ciudades del interior que puedan alardear de esto…

¡Aparte, con la programación que tiene!

Tenemos de lunes a lunes los 362 días del año. No digo 365 justamente porque no soy político y no me gusta mentir (risas) No trabajamos ni Navidad, ni Año Nuevo ni El Día del Trabajo, pero durante todo el año estamos con el portón abierto, la luz y la pasión prendidas, y algún elenco de Mar del Plata mostrando su sapiencia y sus condiciones y su amor por lo que hacen y su agradecimiento, más que eso lo manifiestan seguido porque, por fin, tienen un lugar más que digno, más que cuidado, más que pasional, par apoder mostrar esa vocación arriba de un escenario, que se lo merecían hace años pero siempre, esta ciudad, tuvo las inversiones en los elencos auspiciados por la televisión, o muy promocionados, muy esto muy el otro… muy mediáticos.

Por suerte el teatro Colón no tiene ni baile del caño ni ninguna de esas cosas. Mostramos el esfuerzo de chicos que realmente se matan estudiando, trabajando y ensayando, y no se prenden en lo mediático, de la luz de un fósforo sino de la luz más profunda, que los va iluminando de a poco, pero cuando les llega, la luz es permanente y, creo, que para siempre.

Sos un mecenas Willy, siempre lo fuiste. Porque realmente, esto, el Colón, es lo que es gracias a Willy… Todos quienes somos marplatenses, amamos esta ciudad, por equis motivos estamos en otros lugares, y no dejo de reconocer que cada vez que recibo la programación de Mar del Plata, me sorprendo porque leo “teatro Colón… teatro Colón… teatro Colón…” y me digo “¡No puede ser tanto!” Es digno de destacar, Willy.

Yo… no sé… No me gusta agradecer ni, tampoco, que me agradezcan. Las cosas se comparten de igual a igual. Es encontrarse en ese lugar de la pasión, de descubrirnos, de aprender a mirarnos mejor a los ojos, al ombligo de cada uno; el valorarnos, el darnos nuestro espacio, que tampoco es para todo el mundo, porque no todos, en esta ciudad ni en ninguna otra, tienen las mismas condiciones .

Y Mar del Plata tiene eso, gracias a Dios. Desde hace unos años hay un montón de espacios alternativos. Cuando, hace once años, había dos o tres. Hoy hay más de 25. O sea que hay un crecimiento, en general, de la Cultura en la ciudad. Muy fuerte. Muy fuerte.

Fortísimo…

Buenos Aires también tiene una cantidad de espacios alternativos. Prácticamente me parece que no hay barrio que no tenga su teatro.

Es Buenos Aires…

Está bien lo que decís: es Buenos Aires. Pero que en Mar del Plata tengamos más de 22/23 espacios alternativos de teatro, a mí me parece que es un momento muy especial, que nos tenemos que ayudar entre todos. Porque estos barcos, como se iluminan, por ahí se les apaga la luz y ya no hay forma de cachetear al muerto para que se despierte, y no podemos volver a correr ese riesgo.

Pero ya se generó la expectativa y el gusto de querer y de saber que se tiene, por ejemplo, un teatro Colón que recibe permanentemente obras, las propicia, ayuda a que se desenvuelvan… Entonces, la gente ya las espera… Ya se educó el gusto.

Hay algo de eso. Y hay algo peor. Eso es bueno, pero hay algo que está pasando ahora y que a mí me divierte, pero no es fácil de manejar. Que empiezan a haber las cosas humanas ¿no? Algunas pequeñas envidias y celos de los distintos grupos, y “por qué ellos sí y nosotros, no” y todo el mundo quiere estar en la programación del Teatro Colón…

Por algo es ¿verdad?

Sí… Y eso está buenísimo. Pero, a la vez, es un poco desgastador en este momento, tener en los hombros la responsabilidad de la elección o de la selección.

¿Con qué parámetros hacés esa selección?

Tratando de manejarme de la manera más justa posible. Y viendo, además. Nunca dejo de ir a ver espectáculos a otras salas. Si me invitan a alguna Peña, ahí voy, donde se va a presentar un nuevo cantante, folklore, tango, lírico, música celta, cualquiera de los rubros. Los voy a escuchar. Todo, todo… no te diría. Ya no estoy en edad para irme a escuchar cumbia bailantera a Constitución. No. De repente me parece que el perfil del Teatro Colón hay cosas que no admite y otras que sí, pero en general eso me ayuda. Lo manejo como teatro oficial, porque si no sería un disparate manejar un teatro municipal de un pueblo querible, pero pueblo al fin -que no debería perder nunca la pasión de los pueblos antes de entrar en esa vorágine de ciudad grande, que lo es por cantidad de habitantes, pero la esencia de de la gente, incluso la gente joven, no deja de ser bastante pueblerina. Y eso es una de las cosas que tiene a favor la ciudad.

¿Te parece que es positivo?

Sí, me parece que es positivo. Sumamente positivo. Es una cosa hasta naif, te diría. Que eso demora más la entrada de algunas historias no deseadas, que en las grandes capitales entran con mucha mayor facilidad. No estamos ajenos, ya estamos recibiendo algunas historias como lo que tiene que ver con los chiquilines, hoy por hoy, y la impunidad de los chiquilines para matar a la gente grande… para drogarse sin límites. Pero siempre creo que está un poquito más tamizado que en otras ciudades, más contaminadas.

Bueno, Willy… no sé si querés agregar algo más…

Nada hija, nada…

Y seguimos hablando, sentados a esa mesa en la vereda desde donde se veía la fachada del Teatro Colón, convertido en sede del Festival de Cine de Mar del Plata, mirando la gente al pasar hacia y desde ese núcleo de cultura e inventiva. Algunas personas, reconociendo a Willy Wullich, le pidieron autógrafos que éste, con una sonrisa siempre en sus labios, concretó en papeletas, programas, folletos…

Podríamos haber pasado el día allí, charlando de tantos aspectos, anécdotas que, de algún modo, hemos compartido por nuestras niñeces en “la ciudad Feliz” de antaño. Pero tiene razón: todavía conserva, a pesar de la enjundia arquitectónica, del modernismo notable, ese aire a pueblo grande donde “todos nos conocemos”, aunque cada vez se haga más difícil llenar ese “todos”, antes tan cercanos y hoy, tan dispersos en la extensión de manzanas nuevas, urbanidades flamantes y un sin fin de cintas que recorren todos los rumbos de la ciudad y sus alrededores con el gris opaco del asfalto que, no obstante, en noches de Luna llena, brilla como la plata.

Fuente: MAGAZINE
http://www.maraustralis.com/mag2311willy.html

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