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Mar del Plata evocada

27 septiembre, 2011


Cada vez que llego a Mar del Plata quedo atrapada en la evocación. Es que en los veranos de mi infancia y de mi adolescencia, si mis padres nos podían llevar de vacaciones, el destino siempre era ése. Recuerdo que las primeras veces, cuando teníamos una situación económica más holgada, mi padre alquilaba una casa en el bosque de Peralta Ramos, llevábamos a mis abuelos maternos y tomábamos una carpa en algún balneario cerca del faro. Después de que mi padre lidió con algunos tropiezos laborales, y fue vencido, seguimos yendo a Mar del Plata pero a departamentos de dos ambientes, en el centro, con camas y vajilla para cuatro, que él alquilaba recorriendo meticulosamente los avisos clasificados. A los cuatro, mis padres, mi hermano y yo, nos preocupaba qué podíamos encontrar al ver el lugar alquilado en vivo y en directo.

Pero aunque la decepción fuera extrema nunca decíamos nada. Cuando empezamos a alquilar en el centro, además del tipo de vivienda cambiamos las playas de Punta Mogotes por la Bristol, una playa que mi padre siempre había despreciado por la falta de espacio o el exceso de gente o ambos. Seguramente la despreciaba también cuando íbamos, pero ya no lo dijo más; parte constitutiva de su cultura de inmigrante era ponerle el pecho a la adversidad sin quejarse. El primer día, después de que llegábamos y nos instalábamos, mi padre compraba una sombrilla barata, una lona, y allá íbamos, como si nos gustara. Después de cruzar la rambla, mi hermano y yo bajábamos las escaleras y nos adelantábamos por el camino angosto de listones de madera para buscar un lugar libre, algo que no era fácil. Mirábamos a un lado, al otro y como cuando Rodrigo de Triana gritó ¡Tierra!, así nosotros gritábamos: ¡Allá!, y señalábamos el lugar a colonizar. Un cuadrado de arena de un metro por un metro, donde mi papá clavaba la sombrilla con una técnica muy estudiada (clavar, inclinar, girar en el sentido de las agujas del reloj, enderezar, tapar) que garantizaba, según él, que la sombrilla recién comprada no se volaría con el viento. Luego extendía la lona, se sentaba en la sombra con las rodillas replegadas y miraba el mar. Callado. Su cara no era de placer sino de deber cumplido, no decía nada pero era como si de alguna manera nos estuviera diciendo: ?Ahí está, ahí tienen su arena, ahora jódanse y disfruten?.

A veces me persiguen por la ruta

En Mar del Plata me es inevitable invadirme de este tipo de recuerdos. Y que esos recuerdos se instalen alrededor de mí y me vengan una y otra vez hasta el día en que me voy. A veces me persiguen por la ruta 2 y, aún de regreso, se quedan conmigo un tiempo más. Eso me pasó la semana pasada cuando fui al IV Congreso Iberoamericano de Cultura. Fui invitada junto con otros escritores a participar del grupo ?Cofralandes letras? que debía proponer temas relacionados con la literatura y la lectura para elevar a los Ministros de Cultura de cada país miembro. Allí conocí a William Ospina de Colombia, a Francisco Hinojosa de México, Rafael Courtoise de Uruguay, a Manlio Argueta de El Salvador, a Basilio Beillard de República Dominicana; y me reencontré con amigos: Sergio Olguín, Guillermo Martínez y Juan Sasturain. Nos alojamos, como todos los que fueron al congreso, en el hotel Provincial. Creo que no entraba allí desde hace treinta y pico de años. Para llegar del ascensor a las habitaciones hay que recorrer, en casi todos los casos, largos e interminables pasillos. ?¿En qué estaba pensando Bustillo cuando se le ocurrió este edificio??, me dijo alguien que entró agitado al ascensor a punto de cerrar sus puertas. El hotel, aún no reciclado en su totalidad, conserva su belleza neoclásica, su majestuosidad y, en mi caso, su gran poder evocativo. Mi padre rondaba la zona, merodeaba. Antes y ahora, cuando estuve allí la semana pasada. Al mirar por la ventana de mi habitación que daba al mar, lo vi. A él y a nosotros, como éramos algún verano, bajando entre los lobos marinos de piedra: mi padre adelante, con la sombrilla al hombro como si llevara el mástil de una bandera, mi madre unos pasos más atrás con un bolso y una heladera, y mi hermano y yo, uno a cada lado de ella, buscando con la mirada ese lugar libre en la arena para poder gritar: Allá.

por Claudia Piñeiro / Escritora
Fuente: http://www.lacapitalmdp.com

Foto: Rodrigo Alejandro Sanz (No se corresponde con la Nota original)

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